Safari, Firefox y ahora, Chrome. Google ha anunciado que dejará de utilizar cookies de terceros en su navegador, lo que marcará el fin de toda una era en internet. ¿pero está el gigante tecnológico realmente decidido a cortar con su ‘adicción’?

Por el momento, Google ha anunciado que lo irá dejando de forma progresiva, en dos años, para no dañar al ecosistema de la publicidad creado alrededor de ellas, según han anunciado recientemente.

Solo en Europa, la industria de la publicidad online movió 55.100 millones de euros en 2018, casi un 14% más que el año anterior, según datos de IAB Europe. Y cierto es que buena parte de su capacidad para alcanzar a audiencias segmentadas y medir sus resultados se basa en el uso de este tipo de cookie.

¿Pero qué son realmente las cookies y por qué generan tanta alarma?

Se trata de la solución que encontró en 1994 Lou Montulli, un informático que trabajaba en lo que más tarde sería Netscpae, para superar una limitación que tiene internet: su incapacidad para recordar.

Las webs por entonces no tenían memoria, eran incapaces de saber si el usuario que les solicitaba una página lo hacía por primera vez o si ya les había pedido otras páginas antes.

Montulli tuvo la genial idea de crear un pequeño registro, apenas unas líneas de código, que el servidor enviaría cuando un navegador accediese a él por primera vez. A partir de ahí, si el navegador volvía a ponerse en contacto con el servidor, enviaría con su petición este registro para identificarse.

Este ‘testigo virtual’ planteaba lógicamente problemas de seguridad, así que se decidió que sería único, creado aleatoriamente, y que solo podría ser leído por el servidor que lo había generado. De este modo se intentaba evitar casos de suplantación de identidad.

¿Qué ventajas ofrecen?

El original sistema de las cookies ofrecía, y ofrece, importantes ventajas para el usuario. Le permite por ejemplo introducir su nombre y contraseña una sola vez para registrarse en una web, evitando tener que hacerlo cada vez que solicita una página.

También le permite llenar su carrito mientras navega por su ecomerce preferido; el servidor recordará cuáles son los productos que ha depositado cuando vaya a pagar. Lo mismo ocurre si configura el idioma o cualquier otra característica en una página; no tendrá que introducirlos de nuevo porque el site ‘lo recordará’.

Sin embargo, los desarrolladores han ido encontrando usos mucho más sofisticados y creado diferentes tipos de cookies con el tiempo.

Algunos tipos de cookie y las cookies de terceros

Por una parte, están las conocidas como cookies de sesión, diseñadas para borrarse cada vez que cerramos el navegador.

Frente a ellas, las cookies persistentes solo se borran cuando llega la fecha fijada por su creador, lo que permite reconocer el navegador del usuario muchos días después. Por lo general, el navegador suele mantenerlas uno o dos meses como máximo antes de borrarlas, pero existen fórmulas para saltarse este inconveniente y conseguir que sean… realmente persistentes.

En cuanto a las cookies de terceros, las que realmente nos ocupan, se diferencian del resto porque no pertenecen al servidor que visitamos.

Si entramos en la edición de un diario online o cualquier blog, encontraremos seguramente banners en los que es muy probable que el anunciante haya instalado sus propias cookies.

Cuando este banner se descargue en nuestro navegador nos descargaremos con él sus cookies. Y de esta forma el anunciante podrá recoger información sobre las páginas que visitamos, saber cuánto tiempo dedicamos a leer cada una de ellas y comenzar a recoger información muy detallada sobre nuestro comportamiento, aunque no hayamos visitado realmente su página.

Este anunciante tendrá seguramente sus banners en muchas otras webs, lo que en la práctica le permite seguir nuestros movimientos a través de internet. Gracias a ello, pueden conocer mucho mejor nuestros gustos, hábitos, preocupaciones o ideas.

Plataformas de publicidad y cookies

Y aquí es donde entran en juego las empresas de publicidad online como DoubleClick de Google, Facebook o TradeDoubler.

Ellas se encargan de centralizar toda la gestión de la publicidad online de los anunciantes y de ofrecerles la posibilidad de colocar sus anuncios en un enorme número de páginas a lo largo y ancho de la red.

Para ganar eficiencia y conseguir el máximo número de clicks y de beneficio, estos motores de publicidad crearán perfiles y estudiarán el comportamiento de los usuarios con el objetivo de mostrar a cada persona el anuncio que realmente les interesa.

Estas empresas gestionan un enorme volumen de publicidad y por tanto recogen información muy detallada de nuestros hábitos. Prácticamente, pueden saber si estamos pensando en comprar coche, tener hijos, si acabamos de mudarnos a otra ciudad y buscamos colegio o casa, o si vamos a contratar una hipoteca.

En este punto la información es anónima y estas plataformas aseguran que no cruzan datos con los que recoge gmail, por ejemplo, que sí te puede identificar. Por tanto, en principio, solo saben que hay una persona detrás de un navegador con unas características concretas.

Otro caso es el de Facebook, Instagram, Twitter, que además de utilizar cookies te pueden identificar cuando te das de alta.

Redes sociales: de la publicidad a la propaganda

En los últimos años, los gobiernos han comenzado a preocuparse de la información que recogen los grandes buscadores y redes sociales.

Y se hacen algunas preguntas: ¿Está influyendo Facebook en el voto de los ciudadanos? ¿Algún Estado enemigo –digamos Rusia- está intentando inmiscuirse en asuntos internos de otro país –digamos EEUU- extendiendo bulos y fake news para apoyar a su candidato preferido o simplemente crear caos? ¿Podría alguno de los gigantes de internet –digamos Google o Facebook- tener un sesgo informativo y ofrecer, de forma consciente o no, resultados que den prioridad a contenidos que apoyen un tipo de idea concreta frente a otras? ¿Es Google demócrata, republicana o puede ser neutral? ¿hace falta regular más o incluso dividir estas empresas?

Los directivos y fundadores de gigantes como Google y Facebook ya han pasado por el Congreso de los EEUU y Parlamento de la UE para responder a algunas de ellas.

Primer aviso: la regulación cookie

En Europa, la UE ha ido aprobando distintas normas para defender el derecho a la privacidad de sus ciudadanos.

En 2002 se impulsó la ‘ley cookie’ o directiva ePrivacy, una norma que se revisó en 2009.

En 2019, se aprobó el Reglamento General de Protección de Datos (RGDP). Y aún se dará otro más cuando se apruebe el esperado Reglamento de Comunicaciones Electrónicas.

Todas estas leyes son las que hacen que, cuando entramos en una web, esta tenga que informarnos si utiliza cookies propias o de terceros y preguntarnos si las aceptamos.

Aunque en la práctica, este método de protección no ha servido de mucho, ya que todos damos a aceptar sin leer, la norma ha lanzado un aviso a navegantes. Los anunciantes, plataformas sociales y buscadores que basan su negocio en la publicidad han tomado buena nota de ello y saben que en el futuro la norma podría ser mucho más dura si no se autoregulan.

Google está introduciendo por este motivo cambios en su navegador para evitar que las autoridades terminen por tomar cartas en el asunto de verdad y perciban su negocio como peligroso. Las cosas se podrían poner difíciles de verdad en ese caso.

Prohibir las cookies: una vieja idea

Porque lo cierto es que la idea de cortar por lo sano con las cookies de terceros no es algo ni mucho menos nuevo.

The Internet Engineering Group, un grupo internacional que fija los estándares de la red, ya propuso la idea nada menos que en 1997. Y al igual que hoy, se encontró con la oposición de los anunciantes, que enseguida dijeron que aquello supondría el final de la publicidad, tal y como recoge este artículo del New York Times.

Hemos tenido que esperar más de 20 años para que la burbuja haya estallado. Pero la desaparición de las cookies de terceros, si llega, no acabará ni mucho menos con el problema de la pérdida de la privacidad.

Las cookies han sido el método más sencillo y eficaz de recoger información, pero lo cierto es que internet ofrece otras muchas posibilidades para realizar un seguimiento y estudiar los hábitos del internauta.

Se trata por tanto únicamente de un primer capítulo dentro de este proceso en el que nos encontramos de progresiva pérdida de privacidad, que no es más que el peaje que pagamos por utilizar las soluciones digitales que tanto nos gustan. ¿Podríamos dejar, como intenta Google, esta adicción y volver a vivir sin ellas?